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16
Jun

El eclipse de luna y el tiramisú.

Antiguo solar de notable urbe celtibera, actual Cerro del Viso, Villalbilla, Madrid, en el tercer año del segundo consulado de José Luis de la gens de los Zapatero, faltando dieciséis días para las calendas de Iulio..

Convocados por Isabel como suma sacerdotisa de la Asociación Complutense de Astronomía, acudimos ciudadanos de toda la comarca a asombrarnos del eclipse de luna predicho para esta noche.

Más de una centena de hombres, mujeres y niños nos apiñamos en el agreste borde que finaliza por el sureste el cerro testigo que un día vio como se romanizaron los primitivos habitantes del mismo, para ser el primer asentamiento de Complutum.

Los artilugios para mejorar la visión del espectáculo que la naturaleza nos ofrece contarse por docenas, dobson, prismaticos, s/c, refractores, computerizados, motorizados, humanizados, todo tipo de de tecnologías se alinean junto a lo que algún día debió de ser cerca, esperando ver a la luna despertarse en el horizonte.

Nunca, he visto tanta gente expectante por un evento astronómico. Mesas y sillas de campo, completan el puzle de la estructura que se ha construido junto al abismo. Comidas frugales, botas de vino tinto de buen pellejo y buena brea, bebidas espiritosas, aguas de las fuentes locales o traídas de lejos en embases reciclables, todo tipo de entretenimientos para el estomago y de delicias para el paladar, son ofrecidas por los asistentes a amigos y desconocidos, como si pregonaran sus productos en el mercado local o en la feria de la comarca.

Que capacidad de organización y mando la de Isabel, nos distribuyó de forma natural en dos grupos aprovechando la naturaleza del terreno, coordinó a los exploradores para que nadie que quisiera subir al cerro testigo sobre el rio Henares sintiera la inseguridad de lo desconocido. Y ya en el terreno; ¿he olvidado la zapata de los prismáticos? Ahí estaba Isabel ordenando que se usará la suya (primero ofreció, y ante el tímido rechazo justificado en que desvestir un santo para vestir otro era poco efectivo, la razón junto a la fuerza venció a con el siguiente argumento: “Mis prismáticos son estabilizados, y los tuyos tienen pinta de pesar una barbaridad”), ¿Dónde dejo mi vehículo? Tú, la camino delante de esos, tú en la calva junto a aquellos pinos.. ¿Me he dejado la pesa? Quien tiene una, dice Isabel, a lo que responde Adolfo (estipendiario por parte de una firma de comercio dedicada a la manufactura de tallas de lapis specularis con revestimiento de fluorita, sita en la antigua plaza de nuestra capital que rindió homenaje con su nombre a la del imperio), yo y sin sacar de su embalaje… (y me ahorré bajar a por una, porque ese torpe… señores y señoras, ese torpe fui yo).

Un cliente anónimo de uno de los aficionados de reputado nombre, insistía: pues yo la veo en línea recta sobre esa casa blanca. Todos dirigimos nuestra mirada, ampliada con lentes o sin nada más que nuestros desnudos ojos al punto señalado… Y no veíamos nada… El mozalbete insistía: Que si, que está muy tenue pero se ve. ¡Qué osado! Las más modernas máquinas no se hacían eco del reflejo del satélite y el a simple vista decía verlo. “¡Insolente! Silencia tu voz antes de que como por la roca Tarpeya seas arrojado por el terraplén que nos circunda, y no mientas más. ¿No ves que no es posible que tu vista supere con tanto a los medios que estamos poniendo todos los presentes?”

Las clepsidras de los telescopios más modernos, señalaban ya pasadas las más pesimistas estimaciones. ¿Dónde estaba Selene? La impaciencia se veía en los rostros de los espectadores, el público como en el preámbulo de una tragedia, disimulaba con chanzas su extrañeza ¿no era hoy el día?¿Esa nube redonda será la luna?¿Por qué la gallina cruzó la carretera?

Rondando la undécima hora tras la puesta del sol, cuando Capella estaba a punto de ponerse, rozando ya el horizonte… solo entonces alguien gritó: “¡Está allí!”. Y pudimos ver salida como un fantasma entre las brumas el mortecino gris que nos presentaba la cara de la luna.

Lo asombroso, y lo cuento aún incrédulo a pesar de haberlo visto, ¡es que salió sobre el punto que minutos antes indicaba el mozo como situación de la luna! Que vista privilegiada, que asombró causo en los que, aun con ganas no lo habíamos arrojado a la oscuridad del precipicio.

Y ahora, con el ceniciento disco visible al fin, a enfocar sobre él la artillería pesada y a disfrutar del rojo color que la viste esta noche. “Yo la veo con relieve”, se escucha tras unos prismáticos. “Que curiosa se ve”, “Que rara”, dicen en la oscuridad a mi izquierda.

Y mientras intento almacenar imágenes en ese invento del diablo que es el ordenador portátil, un hilo de blanco cegador marca el sur oeste del grisáceo círculo. Una línea de luz que satura la capacidad captadora de fotones de la DMK que labora esta tarea. ¡Es el fin del eclipse! ¡Es precioso!

Los gritos de asombro empiezan a llenar el aire de la noche, frente a nosotros como una explosión que pretendiera cegarnos, lo que hasta hace unos minutos era suave oscuridad dibujando la cara de la luna, se convierte en el perfil de un ojo de Isis que busca el punto donde nace el sol por las mañanas.

Un ojo cuya pupila se dilata llegando a iluminar la oscuridad del cielo como una candela ilumina la sala en la que entra. Empujando los tristes rasgos de la amiga Catalina aún ocultos en la humbra.

La dualidad de Jano, recordado a principio del año, con sus dos caras mirando en sentidos opuestos, está frente a nosotros enmarcada por el cielo. Una cara hacia el este iluminada, festejando, alejando las penurias, las tristezas y anunciando fastos para todos los mortales. La otra cara mira al oeste, al final de lo conocido, al finisterre. Es oscura, es tenebrosa y perversa y señala lo nefasto que rodea a los humanos.

Pero vence Jano Patulsio, y como Jupier a sus hijos, devora sin piedad la mirada de Clusivius. Quedando solo Dinana vencedora de esa lucha. Una Diana que protege con los reflejos de plata de su arco a los que aún con la boca sin cerrar, asombrados admiramos lo que acabamos de ver. Una lucha donde Hécate fuera de su tiempo ha vuelto al inframundo unos días, hasta que el ciclo repita, esta vez en tiempo y orden, la natural conversión de la Artemisa de antiguo.

Y cuando queda un solo fragmento de la luna por volver a ser argénteo espejo, una voz me saca de mi ensimismamiento: Pedro, ¿no quieres tiramisú?

Tiramisú, postre frio de cuchará montado en capas, de dudoso origen, habiendo quien lo recuerda naciendo en las lobas del Veneto, hoy la anfitriona lo ha hecho con su tradicional receta. Tradicional, porque dicen que es costumbre que lo obsequie en salidas señaladas para ver el firmamento.

¡Qué sensación!

¡Que recuerdo! Imborrable en mi memoria.

Tres milenios en mis pies, magia dibujando el cielo haciendo de sombras la luz, y en mi boca el placer del delicado café que embriagando al bizcocho se deja seducir por él.

Gracias Dioses. Gracias amigos. Gracias por miles Isabel.

Bajo del cielo, a mi casa, eufórico de sensaciones. Solo me resta trasmitirle mi agradecimiento a Isabel, y no solo a ella, sino que incluyo en este a los que sin medir su esfuerzo me hicieron posible vivir una noche recién sacada de un cuento. Mi más sincera enhorabuena a los miembros de la Asociación Complutense por tan disfrutado evento.

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